Aunque la base del conflicto en la universidad de Sapienza entre Iglesia y académicos probablemente sea más política que intelectual, parece que se reabre la eterna confrontación entre ciencia y religión.
El colectivo en contra de la visita del Papa retomó la cita de Benedicto sobre una frase del filósofo austríaco Feyerabend el cual afirmaba que “en la época de Galileo la Iglesia permaneció mucho más fiel a la razón que el mismo Galileo” y que “su sentencia contra Galileo fue racional y justa”. Según ellos, como “científicos fieles a la razón y docentes que dedican su vida al avance y difusión del conocimiento”, estas palabras les “ofenden y humillan”.
Ante este razonamiento y el conocido precedente de la Iglesia Católica, sobre todo en épocas más oscurantistas de la Historia, de acallar las voces de aquellos que no comulgaban con sus ideas, entre ellos científicos como el mismo Galileo, no parece quedar lugar a la duda entre los que no son partidarios de una institución como la Iglesia Católica de que nos encontramos frente a otra misa de espaldas al presente y al juicio. Poco pueden importar entonces las manifestaciones de apoyo de esas personas cuya única razón parece ser la fe.
Ahora bien, si socavamos un poco más en la noticia nos damos cuenta de que las razones de esos estudiantes y profesores no están fundadas. En primer lugar la cita de Benedicto sobre la época de Galileo es rebatida por él mismo al continuar diciendo que “sería absurdo construir sobre la base de estas afirmaciones una apurada apologética” y que “la fe no crece a partir del resentimiento o del rechazo a la racionalidad”.
Por otra parte, algunos intelectuales han salido al paso contradiciendo a los portadores de la universidad, como Darío Fo argumentando que dudaba de la oportunidad de la invitación, pero que, sin embargo, “el derecho a la palabra es sagrado”; o como Massimo Cacciari, alcalde de Venecia, que señaló al Papa como una gran autoridad moral y cultural, “más allá de la fe”, y que es necesario mantener un diálogo con la Iglesia.
Aún más si conocemos el pensamiento del Papa ante este debate entre ciencia y religión, al cual no parecen haber accedido los universitarios antes de manifestarse en su contra.
Si la libertad de expresión no es respetada, los argumentos pierden peso en detrimento de los del contrario. En este caso, el mundo académico ha quedado ridiculizado por esa censura ante alguien que sólo pretendía expresar unas ideas.
Todo esto nos hace recordar la soberbia del mundo científico cuya fe en el método empírico nos hace recordar esa fe cristiana, creando así la otra cara de una moneda que, a pesar de todo, sigue estando incompleta. Digo esto porque la ciencia tampoco ha sido capaz de aportar todas las respuestas y nadie puede saber si en el futuro lo hará. Preguntas tan sencillas como qué había antes del big bang, si la luz es energía o materia, qué conformo el eslabón perdido entre el primate y el hombre, si estamos solos en el universo o simplemente qué es la vida, entre otros cientos de cuestiones, quedan en el silencio sin contestación fundamentada. Soberbia todavía más hiriente si recordamos algunos descubrimientos científicos aplicados que han ocasionado graves perjuicios a la humanidad a lo largo de su historia y por los que no se han rendido suficientes cuentas.
La búsqueda de la verdad científica es un proceso abierto en el que axiomas hoy irrefutables son mañanas rebatidos sin pudor ante el hallazgo de nuevos descubrimientos. Por supuesto, siempre hay que añadir otros aspectos como la limitada capacidad del cerebro humano y puestos a ser suspicaces la verosimilitud de sus palabras cuyo lenguaje sólo es entendido por ellos mismos y del que el resto de los mortales sólo podemos fiarnos.
Al final la ciencia debería ser un camino abierto a nuevos descubrimientos, sobre todo cuando todavía queda tanto por recorrer para poseer el Conocimiento. ¿Por qué entonces cerrarse a esa espiritualidad preconizada por la Iglesia Católica? ¿No puede suceder que en el futuro ciencia y religión se fundan en una sola? ¿No sería más ventajoso permanecer abiertos a cualquier posibilidad? ¿No podríamos denominar esta obcecación como fundamentalismo de la ciencia?


