Canon por piratería

En los últimos años se ha creado el debate acerca de la legitimidad acerca del canon digital y cuya unanimidad en contra parece incontestable. Y es que es difícil defender este canon cuando hay cálculos que hablan de 600 millones de euros con la mera excusa de una presunción de culpabilidad ante aquéllos que compren un reproductor de mp3, teléfonos móviles, un cd, un dvd… ¿Por qué no cobran también a la Telefónica que posee la infraestructura necesaria para la distribución o a los fabricantes de ordenadores que hipotéticamente generan la información ilegal?
También es difícil defender a la Sociedad General de Autores Española, cuando han venido tomando iniciativas más propias del medievo, y más aún manifestándose políticamente en una posición de izquierdas, antitética al enriquecimiento abusivo. También es verdad que no todos los miembros están a favor del canon, aunque en nuestras retinas queden las imágenes de conocidos actores y cantantes manifestándose en el Congreso como representación única.
Personalmente estoy en contra. Como a cualquiera me coloca en una posición sospechosa cuando quiera comprar alguno de los artículos susceptibles de ser gravados. Me parece tan injusto como pagar cada año el seguro obligatorio del coche cuando jamás he hecho uso de él, (virgencita, virgencita, que me quede como estoy) como si sólo por el hecho de conducir fuera a causar daños a terceros.
Lo que sí me gustaría sería comentar la causa de este despropósito: la piratería, de la que los consumidores somos responsables, nos guste o no.
Es difícil establecer una comparación de negocio fusilado de una forma tan masiva. Existe el modelo de las marcas de ropa que son falsificadas y cuyos artículos son vendidos a una fracción del producto original, pero ni siquiera ese ejemplo es válido, ya que el carácter de gratuidad y de calidad del entorno digital hacen que cualquier persona que tenga un ordenador y acceso a internet sea capaz de generar duplicados idénticos al original y de distribuirlo al resto del mundo sin coste alguno, por lo que la facilidad es ilimitada.
Podemos elucubrar, quizás, con ejemplos ficticios. Imaginemos por un momento que existe un chismecito en el mercado que nos permite imprimir billetes de 20 euros sin diferencias con los reales a una velocidad de dos por minuto. ¿Qué haríamos? ¿Nos convertiríamos todos en falsificadores y reventaríamos el mercado? Que nadie lo dude, lo haríamos. Cuando el Estado tomara medidas y lo penara, nos inventaríamos excusas infames acerca de la libertad de impresión o tonterías semejantes para apartar nuestra responsabilidad, que es lo que mejor se nos da.
Dejémonos de peroratas infantiles. Nos descargamos los divx, los jueguitos, los mp3 o los pdf porque son gratis. Y punto. ¿Quién habla de los video clubs cerrados o del terrible descenso en las secciones de música y cine en los comercios? Casi nadie. La impresión que queda es que hay que gritar en contra del canon pero callar sobre nuestra competencia. Y es que este canon es consecuencia directa de nuestra irresponsabilidad, nos guste o no.
No existe un debate equilibrado. Nadie parece querer ver el otro lado de la moneda, el de esos artistas cuyo valor ha pasado del “me gusta, lo compro” al “me gusta, lo descargo gratis”.
Pongamos por ejemplo Papito de Miguel Bosé, que puede gustar más o menos, pero que indudablemente genera una expectación entre una gran mayoría de consumidores musicales. Cabría la posibilidad de que bajáramos el disco y lo compráramos si nos gusta o lo tiráramos a la papelera de nuestro escritorio si no. Eso sería lícito y puede que incluso constructivo, pero no sucede así. Nos lo quedamos gratis sin más y lo escuchamos en nuestro ordenador o en nuestro reproductor mp3.
Eso no es libertad, eso es un delito. Ahí es donde está nuestra responsabilidad y debemos asumirla sin demagogias. Si sólo nos centramos en el debate del canon, nos quedamos estancados en una parte del problema.
No me creo que la industria del ocio se tenga que reciclar. Los que nos tenemos que reciclar somos nosotros. Es nuestro deber respetar y comprender a las personas creativas que han entrado en el mundo del negocio artístico con éxito y que quieren vivir de ello.
Ja, que me lo he creído.