¡Hala, ahora el Gran Scala!

Gran Scala, un macro parque temático de 2.025 hectáreas con más de 30 casinos, 70 hoteles, 200 restaurantes, 5 parques temáticos y varios campos de golf, más espectáculos, circo, conciertos, ópera, comercios, conferencias, hipódromo y hasta una plaza de toros, todo ello enclavado dentro de un terreno ajardinado. Algo parecido a lo que sería Las Vegas de EEUU, sin parangón en Europa.
La inversión, completamente privada, ronda los 17.000 millones de euros, y se ha decidido su ubicación en el desierto de los Monegros de Aragón en disputa con otras ciudades como Dubai o Valence. Se valora que generará entre 30.000 y 60.000 puestos directos y una afluencia de entre 12 a 25 millones de personas al año.
 Aunque la noticia ha salido a la luz pública hace poco, el proyecto se lleva gestando desde hace tiempo, y aunque parece que todavía no es definitivo, las conversaciones están muy avanzadas.
En la comunidad de Aragón todavía no damos crédito a la noticia mientras los políticos piden prudencia ante la avalancha de posible optimismo, pero algunos ya están empezando a babear. La mayor fuente de ingresos que es la General Motors (un tercio de empleos) en Zaragoza se queda empequeñecida con la visión de semejante mega proyecto.
Es todavía pronto para hablar de realidades pero cada uno tiene su impresión. Lo normal es la ilusión que supone un avance tan cuantitativo para la región y en concreto, para una zona tan devaluada como es el desierto de los Monegros.
La imagen del baturro aferrado a su botijo adquiere aquí su máximo esplendor. ¡Parece que nuestra cabezonería tiene sus frutos! pensarán muchos. Todas esas manifestaciones en contra del trasvase del Ebro parecen cristalizar y tomar una forma concreta. ¡Señoras y señores, con todos ustedes, ¡Gran Scala!! ¡Con Gran Scala dejaremos de ser los pobres paletos siempre a la estela de nuestros vecinos catalanes, madrileños, vascos y valencianos! ¡Nos pondremos a su altura y a algunos les superaremos! ¡Por fin podremos tratarles de tú a tú! ¡Si Mahoma no va a la montaña, la montaña irá a Mahoma! ¡Y sin poner un duro! ¡Qué más da si no llegamos a terminar las obras de la Expo! ¡Se nos acabó la mala suerte! ¡Viva España! ¡Olé! ¡A por ellos, oe, a por ellos, oe!
La impresión de unos pocos, entre los que me incluyo, es la del susto metido en el cuerpo. Indudablemente los beneficios serían palpables, pero quizás sea un pacto con el diablo y los costes sean tan grandes o mayores a largo plazo.
A primera vista, me parece la horterada más espectacular que haya visto en la vida, aparte de la sospecha de la incompatibilidad del carácter español con una premisa tan “americana”. Ahora que se ha puesto de moda esa palabra tan política, sostenibilidad, me surge la pregunta de cómo se sostiene semejante despropósito. A menos de un año de la Expo del agua, proyecto por el que siento más cariño, aunque también se estén haciendo muchas cosas mal, se nos presenta este engendro que necesitará más agua y electricidad y generará más basura y contaminación que la ciudad de Huesca. Y por muy buenos propósitos que se tengan, las repercusiones pueden ser desastrosas. No hay más que ver a sus hermanos Terra Mítica, Marina d’Or o Polaris World, una efigie al consumismo más atroz, a la falta de respeto por la naturaleza y a la despersonalización borreguil.
El desierto de los Monegros ahora mismo es un secarral, pero su tierra virgen no se merece convertirse en otro vertedero de Europa como tampoco lo merecía la totalidad del litoral español.