Impresiona ver al pueblo norcoreano llorar por las cuatro esquinas del país la muerte del dictador Kim Jong-il. Parece que hubieran perdido a un mesías y no a un loco excéntrico, que es lo que era. Un enajenado que durante décadas ha esclavizado a su pueblo. Que ha convertido a Corea del Norte en un polvorín nuclear. Que ha dejado morir de hambre a los suyos para conseguir esto último. Que ha aislado a su país del resto del mundo, etc. Por supuesto la duda está en descubrir si las lágrimas de los norcoreanos son sinceras, son plañideras o son por salvar la vida. Yo supongo que habrá de todo un poco en ellas, como suele ocurrir a la muerte de un dictador. Lo más triste de este asunto no es el fallecimiento de Kim Jong-il, sino el hecho de que seguramente todo va a seguir igual en el futuro. Los poderes fácticos comunistas ya se encuentran presionando a su sucesor -su hijo Kim Jong un- para que nada cambie. Y a buen seguro lo conseguirán.


