Marta del Castillo, asesinada. Ya sé que aún está por calificar, por lo que podría rebajarse a homicidio, pero, en casos así, las filigranas jurídicas elevan mi indignación. Una mala bestia se liquida a una criatura y, a partir de ahí, me da todo igual, porque no quiero distrarme de la acción principal; si todavía estaba viva cuando fue a parar al agua, se agudizan mis instintos primarios, los mismos que me llevarían a dejar a estos deshechos sociales en medio de la gente airada que expresa a voz en grito lo que sienten, igual que en la prisión no los mantendría aislados para protegerlos, dejando que obrara la ley de la cárcel.
Funcionaron como un equipo. Uno la mató; otros se ocuparon del transporte del cuerpo, para desaparecerlo arrojándolo al río, mientras un cuarto se responsabilizaba de la limpieza. Eso es trabajar con eficacia, de manera organizada. Cuantos cooperaron con el asesino y han permanecido en silencio y sin que se hayan producidos cambios evidentes en su vida diaria, ¿qué sentimientos tienen? ¿La vida de una niña carece de valor frente a la protección a un asesino, por mucha amistad que tengan? Que no es echarle una mano al amigo que se ha metido en obras, para ayudarle a retirar el escombro y barrer el recinto, y después tomarse unas cervezas. Estos cooperantes aún son mas despreciable que el principal, por integrarse en el círculo del mal, y ni tan siquiera comprobar si Marta estaba sólo inconsciente, y así, en vez de auxiliarla, rematar la faena.
Le tomo la frase a Juan de Mairena, por lo tanto, “dígalo Agamenón o su porquero”, para mí es un caso de violencia contra la mujer; no sé por qué hay gente que lo niega, tampoco qué necesitan más, cuando reúne todos los detalles. El tipo es un machito machista, gallo que picotea y domina en todo el corral; que no consiente, aunque ya no le haga caso y la desprecie, que una gallina desechada pueda relacionarse con otro. En cuanto no se desarrolla la acción tal como él quiere pasa a la violencia.
Lamentable sería que esta muerte resultara inútil. Si bien la vida no se recupera, que esta pérdida tan injustificable y trágica sirviera para reflexionar, para analizar la educación que impera, para que los padres se den cuenta de que van por el camino equivocado. (Quiero ser así de bruto, las ñoñerías en todo caso estorban.) Hemos retrocedido, para mal; quizá no fueran distintas años atrás, pero se contenían; hoy, las adolescentes, piensan con la vagina, se les pone jugosa ante cualquier imbécil y se esfuman las barreras, ya no razonan, sino que ante cualquier malvado se enamoran y están convencidas de que lo van a cambiar; no escuchan ni a familiares ni amigos. Entre las consecuencias, embarazos a edad inadecuada, consentir sin rechistar ser rebajadas y no recibir el respeto que les corresponde, seguir un curso completo que la titulará en mujer maltratada; y, si procede, la gloria final, el asesinato.
Ustedes, padres, tienen la palabra; los demás, si nos dejan, podremos, dentro de nuestras limitaciones, ayudarles, pero el esfuerzo es suyo. La contraproducente libertad sin condiciones, cuando aún se está verde, tiene consecuencias desagradables; no investigar por dónde van los hijos, por si necesitan que se les cambie el rumbo, es una temeridad, que se paga; si uno no se ve preparado y con fuerzas, procura aprender y ejercitarse; si además considera necesaria la ayuda de un profesional, la solicita. Nada está perdido; si bien, según actúen, así será el futuro, y su responsabilidad no podrán eludirla.


