Un comportamiento racional en uso de las facultades que confiere una necesidad básicamente fisiológica para un ser vivo irracional. Racional comportamiento, toda vez que el deponente aguanta el empujón de sus intestinos hasta ser invitado a dejar su recado a pie de árbol, quedando su deposición expuesta a la oxidación natural en un intento de contribuir a la causa de un ecosistema y dejar al propio tiempo a su instructor y tutor con la conciencia tranquila del deber cumplido con la naturaleza. ¿Quien es el irracional animal?
Pero no es uno sólo el personaje incívico, ¡qué va!, los hay a puñados, muchos de ellos protegen hasta la intimidad del animal, real, dándole soga, para así medio disimular la dejada del “recado”, al tiempo que no le molestan en su forcejeo fecal. Todo un gesto de deferencia para una acción final tan insolidaria. Pero, bueno está, esta legión de personajes tutores de canes, sólo haciendo referencia a los incívicos; porque luego hay otros que cumplen con su obligación de cuidadores y hacen gala de buena praxis cívica; deberían ser los amaestrados, y los sacados a recoger las deposiciones perdidas, en un intento de pedagogía del aprendizaje de las buenas prácticas para la convivencia urbana.
Lo curioso de todo esto, es que estas imágenes son tan cotidianas como el propio amanecer y casi ya forman parte inherente del mobiliario urbano, así como del despertar de las calles a un día nuevo impregnadas de aromas de café, del bullir de las gentes encaminadas hacia sus lugares de trabajo o a la toma de sus medios de transporte habituales, de los ruidos de carga y descarga de mercancías a las puertas de bares y establecimientos comerciales y del ras -ras de las escobas del personal municipal de limpieza, destinatarios estos últimos del “paquete” abandonado por los irracionales al mando de los racionales. La cuestión, es: ¿Quién es el irracional animal?
No sería justo dejar pasar por alto observación digna de tener en cuenta y que evidencia aún más lo cívico de lo incívico del usuario propietario de los desdichados canes (desdichados por estar en manos de tan “cívicos” dueños), tal observanza no deja indiferente al ciudadano viandante que perplejo mira como el tutor del can, una vez ha dado soga a este y este ha defecado, mira con gesto altivo para otro lado buscando un culpable; pero la perplejidad es mayor, cuando el observador percibe como en la empuñadura de la soguita, el tutor lleva anudadas varias bolsitas de plástico cuyo fin último debería ser para recoger los excrementos perrunos, liberando la acera o calzada de tan inoportuno “obstáculo”; pero nada de nada, para nada son utilizadas, ¿para qué son pues las bolsitas?, pues claro está, una excusa o salvaguarda cara a la galería vecinal. ¡Qué cinismo!
Pues si señores, esto es lo que hay, a buen seguro en cualquier rincón de nuestro habitual entorno, mucho perro racional y poco racional perrero. (Nitomarco)

