PLUMA DE GANSO

“Quien vuelve sobre sus pisadas, no cambia de dirección, sino de sentido” (Delfín Marco)

A toro pasado.

A uno le hace pensar que quizás moleste menos un toro en plaza bien lidiado que un político acomodado, que viendo lo que hay actualmente, en lo social, de penoso y preocupante se eche en mano de debates de superficial calado, toda vez que “los toros” tienen su sitio, su espacio, en nuestra cultura y nuestro folclore y no ha de arrebatársele ni con desaires ni con desprecios de quienes, con todo respeto, ven lo que no es, o quieren ver lo que no es, en un afán de erigirse, quizás con doble fondo de intención y de intereses no taurinos, en defensores de lo que la naturaleza de las cosas ofrece con pleno conocimiento de su razón de ser.

Pero, ni tan siquiera, aunque siempre respetando, devanéos tan insustanciales hacen sombra a costumbres históricas, tradición cultural, folclore e insignia en proyección mundial de esta España, por antonomasia, como el arte del toreo y la majestuosidad del toro en perfecto maridaje con la imagen de cultura y tradiciones de España.

Controversias y discrepancias al margen, España entre sus estandartes culturales, no podrá nunca negarle el puesto que le corresponde, al taurino, como Arte y Fiesta de proyección mundial, reitero, con la majestuosidad del toro bravo y el duende creador del torero, es pues, ésto, parte integrante de la idiosincrasia de la imagen exterior de un país, cuya morfología cultural es tan dilatada como añeja.

El embrujo y la magia que envuelve la obra del toreo es una perfecta simbiosis entre el arte y el “culto” al toro, el arte como expresión plástica del encuentro entre toro y torero sincronizados para construir belleza y armoniosidad mimando riesgos y respetando el pulso de poder a poder en el embroque cadencioso y la magia que cada muletazo, cada capotazo permite dibujar en la retina del espectador. Es algo así como contemplar un buen cuadro, escuchar una exquisita melodía, leer un buen libro,…

Banalizar la fiesta del toreo y cercenarla o utilizarla creando a su alrededor una aureola de violencia, protesta, intereses, irracionalidad, y cuantas otras cosas más se quieran, no es sino exteriorizar falta de argumentos, evidenciar desconocimiento y poner al descubierto escasez de razones que justifiquen la oposición a la Fiesta del Toreo. Y, no hay por qué retroceder en el tiempo para buscar antecedentes históricos que den refuerzo a la defensa y razón de existir y permanencia, también desacuerdos y crítica, a la Fiesta Taurina, esas fuentes están al alcance de cualquiera, y más aún de quienes las desconocen y/o de quienes se dejen llevar doblegándose a su ignorancia.

Que Cataluña quiera prohibir para abolir las corridas de toros, quiera prohibir para “diferenciarse”, no es ni significativo ni significante, ni inquietante ni preocupante, ni tan siquiera de relevancia para el conjunto de la población española, o no debería serlo, es decir, que Cataluña quiera privar de derechos y libertades a parte de su población, es problema de Cataluña, ¿por qué han de hacerse eco de sus pretendidas diferenciaciones el resto de los “mortales…”?

¿Qué tiene que ver, que Cataluña se erija en abanderada de la defenestración de una cultura y de un folclore nacional, con que peligre la permanencia de la Fiesta en España?, extrapolar estos planteamientos al resto del Territorio Nacional, es tan sin sentido como banal, es como una gota de agua en un océano.

Desde el escepticismo, dar pábulo al revuelo y la polémica montada sobre el asunto en cuestión, es decir, la prohibición de los toros en Cataluña, es de una nimiedad absoluta, es cuestión menor y no debiera hallar eco, más allá de sus “coordenadas” geográficas. El tiempo invertido en intentar desarraigar una tradición, honda tradición; es un precioso tiempo perdido en detrimento de otras causas que socialmente precisan de urgente atención, en España y por ende, en Cataluña.

Prohibir, en la materia que ocupa está reflexión, siempre ha sido coartar libertades, libertades cuyo asentamiento está en la tradición y la cultura de un país proyectado entre muchas, muchísimas otras lineas, por la Fiesta de los toros. Sería una lástima que por, con todo respeto, capricho de lobbys o movimientos arropados, quizás, por votos, esa “marca nacional” se viera ensombrecida por falsas defensas y argumentos de incipiente contenido. (Nitomarco)o