Es evidente, detestable y desde cualquier punto inconcebible la lacra social que genera la violencia; cualquier tipo y forma de violencia, proceda de donde proceda y surja de donde surja; creo que hasta aquí todo el mundo estará de acuerdo; por ello la más absoluta repulsa a tan irracional conducta debe ser la reacción de cualquier persona con racional humanidad. Algo diferencia las personas de los animales; la inteligencia, la racionalidad, la capacidad de diálogo, el entendimiento; en resumen, la capacidad de análisis y el direccionamiento inteligente de una conducta moral íntegra, respetando los derechos de los demás, única vía para obtener reciprocidad de respeto. Por tanto, la más absoluta repulsa a cualquier tipo y manifestación de violencia. Dicho lo cual, es necesario y lo debería ser siempre, ser cautos y prudentes ante situaciones que puedan derivar en exageraciones, en impactos de consideración mediática y sobre todo en medidas que puedan evidenciar discriminación o lo que es lo mismo trato o referencia indiscriminada y discriminatoria, metiendo en el mismo saco a personas con culpa y/o a personas sin ella. Esto hace claramente hincapié, en que entre hombres y mujeres, entre personas en suma, ni todos ellos son bestias, ni maltratadores, ni asesinos; ni todas ellas son víctimas, ni sufridoras, ni atormentadas; es decir -desgraciadamente, he ahí la lacra- ellos maltratan y ellas también. Unos y otras, indistintamente, con más fuerza física, o con más fuerza psicológica, o con ambas; por tanto establecer un equilibrio ordenado, racional, justo y equitativo, posiblemente es la mejor o al menos la más adecuada fórmula para no arrastrar el fiel de la balanza a ninguno de los extremos, que de no ser así siempre estará latente la dificultad del entendimiento y en ello la incapacidad de resolución, con las nefastas consecuencias que de ello pueden derivarse. Como, ejemplo, se dice, la llamada ley integral contra la violencia de “género” (a mi, particularmente, como a mucha más gente, la palabra género no me parece ni acertada, ni oportuna…) no ha generado el cumplimiento de expectativas tal como se presumía en su establecimiento; antes -parece ser- al contrario, parece ha planteado exageración y trato discriminatorio contra una parte de las personas, dando beneficios incongruentes a otra parte (todos sabemos que ante la ley todos debemos ser iguales, y que a igual culpa igual castigo, por ejemplo). Lamentablemente eso crea diferencias insanas y lejos de solucionar, complica. “Doctores tiene la iglesia”, se dice, y hoy, un además, ministerio de igualdad. Pues bien, no sólo deberían evitarse posibles errores de discriminación incurriendo en posible desigualdad; sino que si los hay (fácilmente sea que sí) deberíase corregirlos.
Cualquier medida que se adopte contra la violencia, cualquiera que sea su forma, debe tender a erradicar y acabar con su nefasta lacra y consecuencias, eso creo es evidente para cualquiera; pero también debe contemplar no caer en indeseadas discriminaciones.
Los divorcios y separaciones de pareja, todo apunta, son un caldo de cultivo, en los que se gesta violencia entre personas (no siendo estos escenarios, ni los únicos, ni los receptores de toda la gravedad social de fenómenos de violencia), y pese a que esto se sabe, la regulación jurídica, y a la sazón los gobiernos, no parecen estar a la altura para minimizar o diluir las situaciones en las que la conflictividad tiene un marcado campo de maniobra. ¿Soluciones?
En estos temas, no hablar de la conflictividad que genera en las separaciones, los divorcios o las rupturas afectivas la custodia de los hijos, es además de imposible, absolutamente necesario. La relación causa-efecto es casi evidente; lo contrario sería negar la evidencia. La problemática de ¿con quién quedan los hijos, tras la separación? es notoria. La trama de conflictividad que se genera debería ser evitable, en vez de poner a disposición “de parte” (quizás sin pretenderlo, pero poniéndolos), en desequilibrio de la otra, mecanismos que dejan a esta última en injusta situación de desigualdad afectiva, humana y de derechos, poniendo en peligro los de los hijos; habidos en la relación; y en el peor de los casos (siempre) usurpándoselos sin la más mínima consideración; toda vez que la norma, es, dar la custodia a las madres, desnaturalizando los derechos del padre y los hijos.
Quede, pues, una reflexión: erradicación absoluta y total de la violencia, impermisividad con la misma (provenga de dónde provenga), y marcar con acierto coordenadas para que la racionalidad y el entendimiento se impongan a la barbarie, y ello; quizás; debería hacerse canalizando con extremo rigor la justicia y sus mecanismos. (Nitomarco)

