
Prestos a seguir con la política propagandística de acoso y derribo heredada del más beligerante partido republicano durante el gobierno de Clinton, esa que llevó a George Bush al poder, el Partido Popular sigue con su estrategia de disparar a todo lo que se menea. Un maníqueo ejercicio de story telling (el número uno ha cambiado ahora a su niña por el niño de ‘”los chuches, así, en masculino) que ni propone alternativas ni ofrece planes paralelos a una política gubernamental más que cuestionable, pero que pone en duda hasta los cimientos más intocables de cualquier Estado de derecho y democrático que se precie hasta el punto de provocar serias disidencias entre sus militantes.
Como no podía ser de otra forma, la plana mayor de la oposición ha acudido en tromba a defender y sacar la cara por el cada vez más acorralado PP “de Valencia”. Tanto Mariano Rajoy como Maria de Cospedal salieron ayer a la palestra para leer sus bien aprendidos y mecánicos discursos (no podemos quejarnos de la nula capacidad de oratoria de las yogurines Leire Pajín y Sáez de Santa María con los maestros que tienen), aunque olvidando un detalle importante: la trama de corrupción que se investiga no afecta al partido de la capital del Turia sino de toda la Comunidad Valenciana, que es así como se denomina al territorio dividido en las provincias de Alicante, Castellón y Valencia. “El PP de Valencia”, repetían una y otra vez en los medios, como si los tentáculos de Orange Market no hubieran llegado a la Costa Blanca o el territorio (o se debería decir mejor “feudo”) de Fabra.
Es valenciano, según la RAE, también el habitante de la partición autonómica y no sólo de su capital, aunque lo que más prefiera el nacido en alguna de las otras dos provincias a falta de la denominación de ‘levantino’ sea “de la Comunidad Valenciana”. Los gerifaltes del Partido Popular deberían cuidar mucho más la forma de dirigirse a los ciudadanos de la zona donde ellos tienen su más importante (aunque evidentemente cuestionable y poco limpio) bastión.

