CICLOTURISMO POR GALICIA.-RUTA DE LAS HUELLAS DE DINOSAURIOS

CICLOTURISMO POR GALICIA.-RUTA DE LAS HUELLAS DE DINOSAURIOS.

Un día de San Juan de hace veinte años una amiga que trabaja en el departamento de máxilo-facial me invitó a una sardiñada, cerca de O Grove. Sabedora de mi vieja pasión por los fósiles, me animó a hacer el viaje con que vendría su cuñado, un paleontólogo holandés llamado Hans nosequé; lo recuerdo como un tipo bajo con larga melena color zanahoria y barriga cervecera. Para sonsacarle con tranquilidad me lo llevé junto a un barril que usamos de mesa y casi enseguida me sorprendió con que él hacía prospecciones de fósiles por las Rías Baixas, cosa que los nativos no hemos logrado jamás. Se trataría de una especie de lapas o chitones del Paleozoico que abundarían en la playa de Montalvo. Era cierto, y si no te importa que tus fósiles parezcan unos excrementos marrones con formas apenas determinadas, serían muy interesantes.

-Ya, chitones –repliqué-, y los gallegos somos tan inútiles que tenemos que ir hasta Vegadeo para encontrar el primer trilobite ¡ni que fueran dinosaurios!

Esta desafortunada réplica mía le permitió sus segundos de gloria. Dijo:

-Tienes razón, ¿quieres que vayamos un día de estos a ver las icnitas (huellas de dinosaurio)? Yo tengo hasta el treinta.

Recuerdo que le respondí algo así como que “tengo que consultar mi agenda”. La localización que me dio, en O Incio, me había hecho desconfiar, pues todos los que estamos en el ajo sabemos que allí es donde apareció el mamut (en la cantera de Cementos Cosmos), pero eso es Cuarternario y los dinosaurios, Mesozoico. Se burla de mí porque soy un amateur. Cierto que por el Val do Lemos existen unos basaltos del Cretácico (una parte del Mesozoico, la era de los dinosaurios) y el que tenga interés puede ampliar en www.sociedadgeologica.es, pero para mí, la prueba definitiva de que me estaba tomando el pelo, fue lo que hablamos a continuación:

-¿Y cómo no está descrito el fenómeno? Aquí hay publicaciones muy serias.

-Lo está pero si te digo como, te vas a enfadar.

-¡Que va! Tengo las espaldas muy anchas.

Se acercó a mi oído y, con efluvios vinosos, catapultó hacia mí las siguientes palabras:

-Es que los dinosaurios son eso que vosotros llamáis Apóstol Santiago.

-¡Joder! ¿No quedará aún algún dinosaurio de esos por O Incio?

Uta, la mujer de Hans, tosió para denotar su presencia. También paleontóloga, soltó un suspiro ansioso y dijo:

-Seguro, todavía verás manadas de terópodos vagando por allí.

Tengo ojo clínico para los caracteres y aquella señora era un palo: sus palabras podían constituir un enigma pero en ningún caso una broma.

En ese momento nos llamaron para un campeonato internacional de bebida Holanda-Galicia (ganamos porque el balón con que se jugó era orujo); poco después a mí se me ocurrieron unos simpáticos comentarios sobre las concomitancias entre el nombre de la mujer de mi amigo (Uta) y cierta antigua profesión, de resultas de los cuales acabé noqueado por la anfitriona. Naturalmente no volví a ver a Hans del que lo último que supe es que está luchando con una seria enfermedad. Si me lees, amigo Hans, te deseo que te recuperes: fue el orujo.

Tal es el origen de mi expedición cicloturista a O Incio. La posible relación del Apóstol con las huellas de dinosaurios siempre me sonó a chino. Pero, según había comprobado después (fósiles de Montalvo) todas las informaciones que me dio mi interlocutor aquel lejano día de San Juan fueron sumamente exactas. Por lo tanto yo, el ciclista, tendré que enfrentarme a la inquietante posibilidad de encontrar al Apóstol Santiago entre los dinosaurios, cosa que casi me parece un sacrilegio (y más aún a mi escribidor, que lleva ese nombre de segundo, como todos los compostelanos nacidos en Año Santo).

* * *

El ciclista inicia esta expedición un poco mosca por lo que añade dos objetivos de repuesto: fotografiar orquídeas (ya es mayo y estamos en terreno calizo) y darse un garbeo por la Ciudad de los Muertos de Santa Mariña, recientemente declarada “Bien de interés cultural”. Por una Vía Rápida que parte de la A-6, deja atrás Sarria y aparca el coche en Rubián. Ha visto Jurassic Park y sabe que lo que hay que hacer cuando te encuentras con un dinosaurio es correr, delante, por lo que se ha traído una bici de carreras, modelo Tour de France. La ruta proyectada forma una F invertida: El palote, apunta a Cruz do Incio; la rama más corta de la F lleva al embalse de Vilasouto, la más larga, a la Ciudad de los Muertos. Empieza a pedalear en suave ascenso y al poco ve que le sobrevuela una cigüeña. Parece exagerado que Hans haya llamado a eso “dinosaurio”, por bien que las aves procedan de una clase de ellos, los ornitópodos, o pies de pájaro. Las otras dos son los terópodos, de andares humanoides y los saurópodos, cuerpos de lagarto sobre pies de elefante. Claro que ¡ya es raro ver a una cigüeña en Galicia!

Según el plan, el ciclista gira a la izquierda a la vista de la señalización: EMBALSE DE VILASOUTO. Cerca del desvío aparece otra señal ATENCION: CARRETERA EN MAL ESTADO, que le produce una gran alegría porque está perfectamente capacitado para pensar con mentalidad gallega. Más adelante, si hay tiempo, explicará en que consiste eso. Ahora es imposible desligarse de la profusión de orquídeas que nacen al borde mismo de la carretera (por cierto, con buen firme). Una Nidus-avis color púrpura, Orquis Morio, Orquis Mascula… Uno de los objetivos, las orquídeas, logrado; es como si el Deportivo ya fuera ganando por 3-0 en el primer minuto ¡que bárbaro! Enseguida le llama la atención aquel extraño terreno cretácico que abona tan fantástica floración. Pero ¿qué demonios es el Cretácico? Si el lector tiene el capricho de informarse a través de un ex-coleccionista de fósiles y minerales, éste le dirá que era una época cálida y húmeda en la que España constituía una isla por donde vagaban las manadas de dinosaurios. También es uno de los tres períodos en que se divide la era Mesozoica; los otros dos son el Triásico y e Jurásico (de donde se deduce que lamentablemente no podremos llamar Jurassic Park a Vilasouto. ¿Cretacic Park?). Las antigüedad K-Ar del Cretácico gallego lo sitúa entre 96,9 y 86,8 millones de años, pero eso es dudoso que lo haya averiguado el ciclista que solo diría “Hace mucho, mucho, mucho, mucho”. Poco antes de llegar al embalse aparece una cigüeña en su nido, aupada a un poste de alta tensión. Se pasa por la carretera que corona el embalse y al llegar al pueblo de Vilasouto te espera un “clásico” del cicloturismo en Galicia: un ataque de Velociraptores. Tres perros se lanzan a sus canillas mientras la dueña, cansina, acude a sujetarlos. Vaya desde ahora la advertencia de que, si bien esté es un viaje encantador, no es apto para quien no soporte ser mordido, salvo que se trate de un político con escolta o contrate a un agente de PROSEGUR. Avisado queda el lector, los ataques de Velociraptores menudearán a lo largo de la ruta; mejor dicho, en el ramal que va a la Ciudad de los Muertos se le abalanzarán auténticos Tiranosaurus Rex.

Si has superado la prueba el embalse es un sitio mágico donde verás patos de brillante librea verde, nutria (en singular, solo hay una) y pescadores obsesionados por clavar a su anzuelo en barbos y carpas. Hans le había dicho al ciclista que las huellas de dinosaurio (icnitas) estaban unos doscientos metros al suroeste de la iglesia, pero éste da más vueltas que un molino y aún así, no ve nada. Entonces se propone dirigirse a un pescador de carpas que anda por allí, para lo que se le ocurre una salutación muy original:

-¿Qué? ¿Pican?

El anciano, sentado en una silla de camping, tiene un parche negro en un ojo y un aire tan cansino, que seguro que le fastidiaría que picasen.

-¿Qué quiere que le diga? A veces.

-Tiene roto el flotador ¿quiere que le vaya al Bar a por otro? En la bici es un suspiro.

-Deje, deje, a veces no le pongo ni anzuelo.

-Estoy buscando las huellas de dinosaurio ¿sabe? Me aseguraron que estaban por aquí.

-¿De qué?

El no se sorprendió de que le hablase de huellas, se quedó en silencio mirando para la otra orilla. El problema estaba en el animal.

-El que me lo contó creía que eran dino… lagartos grandes, pero a lo mejor ustedes los llaman de otra forma –La pupila del viejo sube, un gesto de inteligencia asoma a su ojo-. ¿Habrá por aquí cerca huellas de alimañas?

-De alimañas, no.

-¿Y de que caballero o señora son esas huellas, si se puede saber?

-Son las herraduras del caballo de Santiago.

-Mire, señor Manuel ¿quiere que nos tomemos una copita de rasca y así me cuenta eso?

Bastó para tirarle de la lengua. Mientras toman unas consumiciones le cuenta al ciclista que en el Agro de Pepe están las herraduras del caballo de Santiago, que quedaron allí desde que Santiago viniera al castro de Santa Cristina del Viso para echar fuera a los moros de Mahmud. Y resulta que la iglesia de la que hay que partir es la románica y no la moderna que es la primera que te salta a la vista.

-¿Y no me pregunta que me pasa en el ojo?

-¿Qué le pasa en el ojo?

-En un lanzado se trabó el carrete y el anzuelo vino rebotado.

El ciclista deja su vehículo al cuidado de Manuel y toma ahora como punto de partida la iglesia antigua, siguiendo la orilla del embalse. Al poco un peñasco azul que se ajusta a lo anunciado por Hans le pone el corazón a cien. Había hablado de dos rocas; esta debe ser la superior, mientras que la inferior está sumergida. El ciclista no está seguro pero le parece una piedra caliza, tal vez formada por detritos en un medio acuático o pantanoso. Trata de decidir si a ese metamorfismo (o sea, cocinado fuera de la corteza terrestre) que aprecia puede llamarle apizarramiento (aunque no llega a completar los planos), pero rechaza la idea de arriesgarse con una definición: Igual esto lo lee un geólogo y le llama Formación Rara y queda como un ignorante.

Lo escueto de los datos anticipados Hans no lo habían preparado para un descubrimiento tan apasionante. En el borde superior izquierdo de la roca se aprecian con toda nitidez las cuatro pisadas de un dinosaurio saurópodo. Alguien ha querido convertir la huella posterior-izquierda en una especie de muñeco, para lo que le ha añadido una especie de espada y un pene. Esta configuración de las huellas posteriores, en probeta, es conocida entre paleontólogos y se debe a deslizamientos sobre un suelo blando. Las huellas delanteras son las clásicas “herraduras del caballo del Apóstol”; tal como se conoce a las icnitas a lo largo del camino. Claro que el ciclista nunca ha visto unas herraduras tan grandes y, lo que es peor, se da cuenta de que el caballo del Apostol iba marcha atrás, como los cangrejos. En las icnitas la parte abierta de la herradura corresponde a los dedos del dinosaurio y señala el sentido de la marcha, al revés de lo que le gustaría hacer al caballo de Santiago. Por todas partes alguien ha sembrado cruces para cristianizar un enclave tan demoníaco. En fin, como el ciclista sabe que estos datos son un poco áridos, está en disposición de proporcionar un poco de diversión al lector, sádico. Allá vamos.

Al ponerse en calzoncillos para tantear la segunda roca (semi-sumergida), la frigidez del agua le encogió, el ánimo. Es mucho mejor que la otra y se ven –o se palpan- las cuatro huellas de un saurópodo. La delantera-izquierda conserva la marca de los dedos (o sea la herradura cerrada en clásica forma de pera). Precisamente cuando estaba recorriéndola con el dedo gordo del pié, resbaló. Al incorporarse, temió haberse roto el coxis. ¡No Dios, eso no, peatón para todo la vida, no! Pero, ya que era capaz de caminar, llegó a la conclusión de que no se había roto nada. Sin embargo el pedaleo era casi imposible. Cuando llegó de nuevo a la presa sacó de una bolsita roja un Nolotil bebible que lleva para estos casos y se lo endilgó de un pelotazo. ¡Santo Remedio!

Ahora que lo piensa, el ciclista dijo antes que estos datos eran áridos pero puede que alguien quiera ampliar, porque hay chalados para todo. Son aconsejables estos sitios: www.folklore-fosiles-ibericos.blogspot.com (véanse los “vinculados Santiago Apóstol y su legendario caballo”) y www.paleojura.ch

El ciclista recorre de vuelta la rama pequeña de la “F”, camino del palote. A medida que el dolor se disuelve, aumenta el ritmo de pedaleo; ha tenido suerte. La intersección; un puerto de suave pendiente; Cruz do Incio. Lo primero que ve por aquí es un Bar que se anuncia como Paradis Rural ¡y no miente! Su especialidad son los morros de cerdo adornados por pelos, algo canosos, surgiendo de las fosas nasales. El ciclista toma cacahuetes y dos Coca-Colas, por lo de la cafeína. Una chica muy amable le indica la carretera de Sarria (rama grande de la “F”) ya que este no se atreve a preguntarle por los muertos, o sea por la Ciudad de los Muertos.

La bicicleta modelo Tour de France sube por la pista señalizada SARRIA, deja atrás Cruz do Incio, (ese rústico Paraíso) y se mosquea porque no aparece la señalización de CARRETERA EN MAL ESTADO. Si aparece el cartel, es que al menos se han preocupado de algo (de ponerlo); si no, es que la vía está completamente abandonada. En efecto, es un camino de cabras, mejor dicho de “lechazos”, porque como muy pronto habrá ocasión de comprobar, en esta ruta se considera a los ciclistas como algo comestible. Por babor y estribor van apareciendo campos cuajados de bellísimas orquídeas. Por encima, un cielo cárdeno amenaza tormenta; a lo lejos retumban los primeros truenos. De cuando en vez se encuentra bloques de ese hermoso mármol azul del Incio que decora la catedral de Compostela y el sepulcro del comendador Quiroga en el pueblo jacobeo de Hospital. Según la Geografía General del Reino de Galicia de Carreras y Candi, “…ese mármol es blanco, apenas tintado de azul”. Para el ciclista la frase destila un inaceptable tufillo de racismo marmolario. A él, ese mármol le gusta como es.

En las inmediaciones de un pueblo llamado Reboiro una manada (¡Sé que se dice rebaño!) de ovejas y corderitos se abalanza sobre el ciclista. ¿Estarán locos? La explicación viene después: un perrazo amarillo que era el que los había soliviantado, surge de detrás de la manada y apunta directo a su objetivo. A la primera embestida, la bici trastabilla. Gritos estentóreos, maldiciones. Aparece la dueña que se tapa el cabello con un pañuelo blanco y lleva una cachaba.

-¡No ve que me pude haber matado!

-Por eso.

El perro con piel de cordero es arrestado y conducido al corral. Aviso a posibles imitadores: esto es lo más fácil que se va a encontrar. Lo mejor es venir con un Hummer. Tras un repecho, surge de una especie de carpintería un pastor alemán de pelo largo. Aquí nadie te ayuda. Cuerpo a tierra. Primera piedra al suelo, nada. Segunda al morro: dejará pensativo a tu enemigo y te dará esos preciosos segundos. 50 metros, no más, y luego inicia la persecución. Sí eres consciente del lugar en que te encuentras harás la mejor contra-reloj de tu vida. ¡Aupa Pereiro! En Santa María de Mao el cielo está cada vez más amenazador. La iglesia porticada contiene la tumba de San Eufrasio. Este santo varón ganó sus galones cuando corrió a Roma para avisar al papa que estaba a punto de ser tentado por una hermosa virgen. Sucedió hace muchos siglos; si se presenta hoy con semejante recado lo más seguro es que lo internasen. ¡Oiga don Berlusconi, que está usted a punto de ser tentado por una tal Noemí Leticia!

Precisamente cuando empieza a perder de vista al perro, que se difumina cuatro curvas más atrás, el ciclista ve un cruce a derecha e izquierda. A la derecha un cartel dice ACCESO PROVISIONAL AL CASTRO DE FORMIGUEIROS. A la izquierda nada: la Ciudad de los Muertos de Santa Mariña es por aquí. Piense el lector que estamos ante un Bien de Interés Cultural (B.I.C.) y que si estuviera señalizado, millones de personas se precipitarían a visitarlo, poniéndolo todo perdido. El ciclista sube una pista empinada de grava, seguida de otra de tierra, preocupado porque el cielo adopte todos los colores feos del espectro. Tras un corto paseo empiezan a aparecer por la derecha las mamoas, esas “pirámides del pais”. Puede que seas de aquellos que han oído hablar de las mamoas, pero nunca las han conseguido reconocer sobre el terreno: bueno, a partir de ahora ya no te sucederá. Lo conveniente es meterse por uno de los caminos que salen a mano derecha y explorar este extenso paraje que, sin duda, constituye unos de los ejemplos más perfectos que se conocen de Ciudad de los Muertos. Las mamas (tumbas en forma de tetas) de tierra y cesped se extienden sobre el terreno por docenas; en su interior suelen contener un dolmen de los que al menos diez están a la vista, algunos muy deteriorados por cinco mil años de incuria. Las agrupaciones sugieren conjuntos familiares de tumbas, como las de los Ramsés en Biban-al-Moluk, el Valle de los Reyes. Algunas mamoas se han convertido en volcanes: el crater es la excavación artesanal que se ha hecho para coger la olla de oro que contienen, según la voz popular. Alambradas cortan el acceso a determinados monumentos. Y, como en cualquier bien cultural gallego que se precie (excepto cierta catedral), la soledad es absoluta, opresiva o liberadora, eso va según caracteres. No debería hacerlo, debería admirar la sacralidad de aquel increíble lugar. Pero mientras se acusa y le remuerde la conciencia, el ciclista ya lo ha hecho: corre tras una mariposa. Sospecha que se trata de la Erebia Triaria, esa reliquia nórdica del tiempo de las glaciaciones. El truco esta en contar los ocelos del extremo apical del ala: tienen que ser tres, pero no puede estar seguro ¿y si son dos? Bajada, vuelta a la carretera de Sarria, subida al castro de Formigueiros ¡que cantidad de fosos! ¿A quien tenían tanto miedo los bravos hijos de Breogán? A sí mismos. En cuanto los romanos los mandaron bajar al llano se quedaron tan panchos y así será hasta que Pereiro vuelva a ganar el Tour o el Depor la liga.

Misión cumplida. Pero, por alguna razón, no era capaz de quitar de la cabeza aquella especie de maldición gitana que le había echado la muy… Uta. “Seguro, todavía verás manadas de terópodos vagando por allí”. Los terópodos son dinosaurios bípedos, como el famoso tiranosaurio, y la verdad es que no había visto nada ni remotamente parecido. Ha madrugado mucho y aun le queda algo de tiempo ya que lo más probable es que en el Paraíso no sea necesario hacer reserva para comer. Decide avanzar un poco más, a pesar del color ferroso del cielo y los truenos, cada vez más cercanos. Y, pasado Castroncán ¿qué es lo que se encontró? Pues nada, el Camino de Santiago. Manadas de bípedos vagan hacía el oeste. Una joven rubia con una deliciosa piel color porcelana y ojos azules, picantes, va en dirección contraria. Espera. Un momento. Oigan, ¡deténganla! ¡deténganla! ¿No ven que va camino de Roma?

Cierto, pero ¿no es muy aburrida la suerte de la manada?

Vuelta sin pinchazos. Los perros están encerrados. Tal vez basta con sobrepasar la prueba una sola vez ¿un rito de iniciación? Comida en Cruz do Incio. El ciclista pregunta por un restaurante a tres señoras que hacen calceta en la plaza. Le aconsejan uno cerca del Cuartelillo cuyo nombre ha olvidado; suena algo así como “Nueva York” pero no es ese. ¿Conoce el Paradis? Conozco.

Callos, carne o caldeiro, tarta, dos cervezas, licor café, 8 euros. Está entre la farmacia y el cuartel de la Guardia Civil.

La vuelta en bajada por el palote de la F permite una reposada digestión. Las primeras gotas caen cuando está cargando la bici pero la autopista es un diluvio que hace temer el aquaplaning.

El Cretácico era peor.