¡Tengo un e-mail!

Todo sea por conservar el medio ambiente. La sociedad de la información ha avanzado tanto que hasta nos impresiona ver cómo nos comunicábamos hace escasos 10 años (y estoy hablando de 1998, que tampoco ha pasado tanto tiempo…). Los amigos se pedían una dirección para enviarse correspondencia, felicitaciones de navidad, pero era una dirección postal. Quizás eso es lo único que les queda a las compañías de envíos postales. Eso, y la ilusión que hace recibir una postal de la República Dominicana de, hasta entonces, tu mejor amigo, contándote lo bien que se está tomando el sol, y lo poco que se acuerda de ti.
¿Qué ha pasado desde entonces? Antes no era demasiado extraño encontrarse con un sobre en el buzón con el destinatario escrito a mano… Pues muy sencillo: señoras y señores, ha llegado a sus casas el e-mail. Por ser un término anglo-sajón, la Real Academia de la Lengua ha hecho su aportación admitiendo como sinónimo a “correo electrónico” (seamos sinceros, ¿quién gasta energía en escribir una palabra el triple de larga, pudiendo escribir algo más breve?), y que traducido no se crean que suena muy moderno: e-correo (con una “e” por delante para indicar que es electrónico). No será por lo fácil que es configurar correctamente una cuenta de e-mail en programas para leer el correo electrónico, pero por un motivo o por otro, prácticamente todo el mundo tiene una, o incluso dos cuentas de correo electrónico.
La idea es estar comunicado con el resto del mundo de manera casi instantánea, tan rápidamente que ni siquiera tenemos ya cosas que contarnos, a través de una dirección de una palabra convertida a letras, números, barras bajas, puntos, guiones y arrobas, y que depende de lo ‘saturado’ que esté el servidor. Se decía entonces que el correo por Internet iba a cambiar nuestra forma de comunicarnos, y así ha sucedido. Como un hechizo salido de la varita de una bruja, el e-mail ha sido el sustituto de las cartas (que hasta han adoptado un apellido cuando no, peyorativo: correo ordinario) y casi también del teléfono fijo… menos mal que éste último sobrevive debido a que es necesario una línea para conectarse a Internet, pero tampoco le queda tanto, con eso del Internet – móvil (o también conocido como e-Internet… ¿se imaginan?).
Total, todo para terminar enviándonos tonterías del calibre de “Manda esto a 17.572 contactos o supondré que no eres mi amigo, y caerá una maldición que te dejará sin amor durante 27 años”. Se supone que tenemos a nuestra disposición un medio de comunicación inter-personal mucho más avanzado, económico y rápido, y ahora pasamos olímpicamente de escribir a nuestros amigos un par de palabras para que sepan que, además de figurar en nuestra lista de contactos, nos acordamos de vez en cuando de ellos. Todo porque gracias a esta eficaz herramienta de comunicación las empresas de viagra se han puesto las pilas, y envían a todo quisque una oferta irrepetible. Asi que claro, cuando terminamos de borrar los e-mails de publicidad, se nos han quitado las ganas de escribirle a alguien. Al cabo de 10 minutos vuelves a tener ganas, pero acabas de recibir otros 12 mensajes nuevos.
Por si fuera poco, Microsoft inventó hace poco (6 años no es tanto) un programa que permite una comunicación instantánea con otro usuario, y lo llamó Messenger (mensajero). En su versión 2008 ya se permite hacer video-conferencias, compartir archivos, e infinidad de cosas más que casi nadie sabe muy bien para qué vale. Con el Messenger, por si no nos habíamos des-desconectado suficiente, nos enlatamos cada vez más entorno a una dirección de e-mail, a menudo terminada por @hotmail.com… Teniendo todo esto a nuestro servicio de forma gratuita, ¿quién va a mandar ya recuerdos a un viejo conocido por correo ordinario? Señores, salvemos las cartas postales.

hablar por comentar (c) Gabriel Buj